El “Dolce Far Niente” mexicano: Ensenada.

No hay nada como esperar por un viaje y despertar justo el día en el que vas a subirte al avión con una sonrisa de oreja a oreja, “comiendo ansias” como dicen por ahí. Y es aún mejor cuando sabes que te esperan vinos, comida y amigos que llevas un tiempo sin ver.

Bienvenidos a este viaje de 4 días por Ensenada.

Día 1

Llegamos directamente a casa de unos excelentes anfitriones, rodeados de creadores y amantes del vino, en familia. Nos recibieron con abrazos y alegría, con todo y que el día anterior se habían desvelado hasta el amanecer. Gajes del oficio, comienzan las fiestas de la vendimia; uno de los eventos más importantes (aunque todo el año es digno de celebrarse) en la industria del vino y lo mejor de todo: del vino mexicano.Hambre no faltaba y adivinen cuál fue mi sorpresa al probar por primera vez una tostadita de paté de erizo. Un saborcito fuerte pero agradable preparado con un ligero picor, sabroso… de ese que consigue que se te antoje otro poquito más y más.

Los platos con diferentes ceviches paseaban por la mesa. Mixto; de camarón, pescado y pulpo. El tradicional, de pescado y por supuesto también de paté de pescado. Copa en mano abrimos algunos vinos de Alximia en compañía de Álvaro Álvarez y otros de Pedro Poncelis (el anfitrión de tan espectacular reunión de bienvenida). Como buenos turistas, a las 4 de la mañana hora local (6 de la mañana, hora real), cansados pero contentos nos fuimos a dormir.

Día 2

Amén para el agradable clima que nos tocó desde el principio hasta el final. No madrugamos aunque fue la intención, pero si nos acechaba el hambre y el antojo de esas cosas que sólo comes en Ensenada y en el Valle de Guadalupe.

Por invitación y amplia recomendación, nos dirigimos al restaurante recién estrenadito de Roberto Alcocer: Malva. Ubicado en San Antonio de las Minas, este es un tesoro local que cuida sus borregos y huerta. (Esta es de las cosas más bonitas de la cocina de Baja, sustentable, amigable y sobretodo fresca… El día que pruebas esto, a lo que yo llamo comida real… te vas de espaldas y cuando no la comes sufres de insatisfacción crónica, por llamarla de alguna manera).De entrada pedimos unos ostiones a la brasa de encino con mantequilla de jalapeño y limón y he aquí el plato MÁS SORPRENDENTE de todo el viaje: Crème brûlée de tuétano con erizo… una palabra, casi muda de lo bueno que está, tanto que se te pone el “ojito remi” y se te va un suspiro: WOW.

Cucharadita a cucharadita, la mezcla de sabores te sorprenden hasta que dejas el plato limpio.

Continuamos (aunque queríamos repetir) con un delicioso Jurel y por supuesto el borreguito maravilloso, servido en su jugo. Para acompañar todos los platos, pedimos los vinos del viñedo en el que se encuentra el restaurante: Mina Penélope. Agradables, equilibrados e ideales para aquella tarde el favorito fue el Syrah. No podían faltar los postres, la recomendación es pedirlos todos, aunque si están ahí y sólo quieren uno, no se vayan sin probar el curd de limón con lavanda y merengue. (Dato: el emplatado de Malva es maravilloso).

Barriga llena, corazón contento nos fuimos a conocer Montefiori en donde catamos un par de vinos con el toque italiano. De ahí nos fuimos a Alximia para ver cómo iba la contrucción de Álvaro. Líneas orgánicas y fluidas dan la impresión de estar entrando a una especie de “nave espacial” cuyos propulsores serán los encargados de contener los primeros pasos (antes de barrica) del vino. Catamos todos y cada uno de los vinos de la línea.

Mi favorito siempre ha sido el Pira, pero cada elemento está muy bien caracterizado y encuentra lugar en todos los paladares, es decir, hay para todo gusto y ocasión. Tip: si estos están buenos… ¡vienen unos buenísimos! Estoy segura de que Alximia nos va a dar muchas gratas sorpresas.

Con el tiempo perfecto nos dirigimos al evento del fin de semana: La Muestra de Vino Mexicano.Una fila bastante larga nos abrió de nuevo el apetito. Lo mejor que pueden hacer al llegar al evento, es probar lo que ofrecen los restaurantes que asisten (si no llegaron bien comiditos) antes de visitar cada stand de vino. Fue un evento bastante agradable aunque es necesario ir con paciencia, ya que por su tamaño es complicado probar muchos vinos. Otra recomendación es pedir que sirvan sólo un poco. A veces a la gente se le olvida que no vamos a una “barra libre” sino a conocer lo que se está produciendo en la región y a apoyar a nuestro vino mexicano.

Para cerrar la noche, nos dimos una vuelta por La Contra, en donde cenamos mantarraya, jurel y otros guisados en una deliciosa taquiza. (Hora local de ponerse a “soñar con los angelitos”: 4 am).

Día 3

“Corro, vuelo, me acelero”. Amanecí con ganas de unas tostadas de pulpo del señor Páez. Pasando “El Correcaminos” (pregunten, todo mundo en el Valle sabe dónde queda), son las mejores tostadas de mariscos del mundo mundial. Cabe mencionar que la técnica de corte que maneja el señor Páez es impresionante. Prepárense para una tostada o un ceviche muy bien servidos y para que la salsa y el limón les escurra con cada mordida (a que se les hizo agua la boca).

Tostadita de pulpo, camarón y pata de mula seguida de (mis favoritos) un ostión fresco con su chorrito de limón (ustedes no me ven mientras escribo, pero estoy salivando desde que comencé). Aquí nos acompañó Mauricio Parra. Ojo: si están en el Valle en esta temporada ¡vayan a comer al Nómada! Sólo abre por temporadas así que no se lo pueden perder.

Dato de suma importancia si van al Valle: reserven. Confiados nos dirigíamos a Laja, y para nuestra sorpresa todo estaba lleno. Lo bueno es que como siempre corremos con excelente suerte, un amigo nos cedió su reservación.

Probamos de todo un poco ya que pedimos un menú de cuatro tiempos cada uno. Porciones precisas y deliciosas; comenzamos con la sopa cremosa de berenjena con jamón serrano (¡gulp!), seguimos con el carpaccio de atún con tomate corazón de toro y betabel, el cabicucho al sartén con puré de brócoli, calabaza y piperra (¡el pescado estaba en su punto!), la codorniz local rellena con acelgas y ciruela pasa, puré de calabaza almizclera y rapini y cerramos con la panacotta con sorbete de melón y los choux de canela con helado de chocolate. Ay Dios… Espectacular.

Vale la pena darse un tiempo para nuestra siguiente parada: El Museo del Vino. Hagan el recorrido completo y admiren los viñedos que colindan con el lugar. No se arrepentirán. Aquí, por aniversario, probamos “Pasión Biba”, el vino de Abel Bibayoff. Fresco y muy recomendable para estas tardes de verano. Si corren con la suerte de toparse con una botella, cómprenlo (ya casi se acaba la última añada).

Después de una siesta necesaria, nos fuimos a nuestra cena para cerrar (casi) el fin de semana. Hicimos una excelente elección: Manzanilla. No sabíamos de qué iba a tratar y cuando llegamos nos emocionamos. Trece tiempos con trece vinos de Hugo d’Acosta.

Mientras el chef Benito Molina nos saludaba desde la cocina, nos sentamos en la mejor mesa de la noche rodeados de gastrónomos, enólogos, sommeliers y amantes de esta buena vida que sólo se vive en el Valle de Guadalupe.

Ostión envuelto en jurel, callo en tiradito, pismo y erizo con crema montada en gorgonzola, abulón frito, codorniz en chilmole con tinta de calamar, tortita de cangrejo, flor de calabaza rellena en tempura, pastel de arroz y betabel con calamar, tártara, taco de rockot, cubos de puerco y panza, helado de queso con tocino y el dulce manzanilla (los quiero todos de nuevo). Cada plato nos daba nuevas sorpresas en cuanto a textura y sabor. Todas agradables y ¡con ganas de repetir!El maridaje (en ese orden) con: Espuma de piedra, Clandestino blanco, La borde vieille blanco, La borde vieille rosado, Parteaguas, Clandestino, M3, Tinta del Valle, Estación porvenir, 5 Estrellas, Coordenadas Mx/Fr, Contraste y por último (mi favorito además del Espuma de piedra) Rudos y Técnicos.

Día 4

Es fundamental preguntar a los que saben, y más si te los topas en la cena en el Manzanilla, sobre un lugar para desayunar. Con las maletas en la cajuela y guiados por Mauricio Parra (no lo habríamos logrado sin su compañía) llegamos a un rincón poco apreciado y sin embargo es un MUST si están ahí: El Pizón. Es un carrito con un letrero enorme de “si hay erizo” que es comandado por un marinero experto en la obtención y preparación de esta creatura marina. Pidan el coctél de almeja generosa con erizo. No se arrepentirán.

Si este “pequeño” relato que habla de comida no los convenció de darse una vuelta por Ensenada, ustedes no son de este planeta. Si por el contrario, ya están buscando sus boletos de avión para ir, chequen las agendas de eventos próximos y en su visita hagan lo posible por no sólo recorrer viñedos, sino también de disfrutar todo lo bueno que nos ofrece Baja. Al final, lo más bonito de todo el viaje, es la gente que conoces ahí. ¿Qué dicen? ¿Nos vamos por unas tostaditas?… ¡Salud!

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